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Lo que me faltaba! exclamé cuando llegué a la puerta de casa y no pude abrirla...
El día había sido completito, estres en la oficina, cola interminable en la caja del super, de lo que tenía ganas era de llegar, tomar una ducha y esperar a mi chico, pero... ¡qué pasa! ¡no puedo girar la llave!, ¿puedo ayudarla? -sonó una voz a mis espaldas, era el nuevo vecino de la planta. Pues que no consigo girar la llave... Cuando me percaté de la postura que había obtenido en el intento fallido de entrar en casa, quise recomponerme, alineé mi falda, me atusé el pelo, pero la blusa había sufrido un pequeño percance, los dos botones superiores habían saltado y dejaban ver el sujetador. Me dí cuenta cuando mi simpático vecino, en vez de mirarme a la cara cuando me volvió a ofrecer su ayuda, miraba directamente al escote, bueno, la lencería que el escote mostraba.

 

Sonreí en mi interior recordando, cuando se presentó la primera vez, los comentarios que nos hicimos mi chico y yo. Peter, así se llama, es un chico de piel morena, bastante cachas, 1,95m. de altura y muy educado. Nene, ya era hora que tuviéramos uno de estos tan cerquita nuestro, le dije... jajaja. Siempre buscamos en nuestras fantasías a terceros a los que meter en nuestra cama para jugar a lo que más nos gusta.
Volví a la realidad y acepté su ayuda, intentando desviar mis más íntimos pensamientos. Me aparté y dejé que se posara delante de la cerradura, no sin antes rozar mi torso con su brazo... la situación me excitaba. Con dos simples movimientos consiguió abrir la puerta del piso de par en par, se apartó y haciendo gala de su galantería, me ofreció pasar (a mi propia casa). Satisfecha de que por fin podía entrar en mi piso, le dí las gracias con gran estusiasmo y un medio abrazo. Le ofrecí algo para tomar y aceptó, mientras me contaba que era Sudafricano, que estaba casado y que pronto vendría su mujer a reunirse con él, una vez terminara de arreglar temas burocráticos. Ambos eran masajistas, a lo que se definió como 'especialistas manuales'. Me hizo mucha gracia y cuando vino Marcos se lo conté, rápidamente se acercó a darle las gracias y lo invitó a comer, no a cenar porque hubiera sido muy obvio, y él aceptó encantado. Yo sabía perfectamente lo que mi marido intentaba pero me hice la nueva poniéndoselo dificil.

Al día siguiente Marc, así se llamaba el susodicho, con una puntualidad de no tener mucho más que hacer, llamó al timbre. Y allí estaba Marcos dándole la bienvenida con un par de copas de vino en la mano. Para nosotros ya era nuestra segunda copita y rápidamente rompimos el hielo con una conversación sobre lo interesante de su trabajo, el juego que daba el ser masajista. Mientras comíamos, la conversación se tornó algo más morbosa, el vino estaba haciendo de las suyas. Marc nos empezó a contar alguna experiencia erótica fruto del contacto carnal que su trabajo proporcionaba. Como no, salió a la luz lo mucho que me excitaban los masajes que Marcos me hacía y propuso al vecinito que me hiciera un masaje profesional de esos, que él decía, eran especiales. Sin ningún tipo de reparo Marc aceptó encantado y yo disimulando mi excitación, respondí un dubitativo 'no sé...' En ese momento se me vinieron a la cabeza esas pelis porno que Marcos traía a casa y veíamos juntos, sentía envidia de esas chicas que tenían para ellas solitas tres o cuatro miembros, y sus respectivas manitas y lenguas.

Vamos Lola- dijo Marcos, acuéstate en el sofá. Y para qué les iba a hacer esperar más, me recosté y Marc empezó a dejarme la espalda al descubierto. Comenzó a untarme un aceite de almendras a modo relajante, empezó por el cuello, hombros, brazos, espalda, nalgas y laterales del tronco, mi cuerpo empezó a relajarse sintiendo un intenso cosquilleo en el estómago. Marcos se sentó de frente a la escena del sofá, con una copa entre las manos, sonrisa pícara y una mirada fija y lasciva. Mi cara empezaba a denotar deseo, Marcos la conocía bien y disfrutaba observando la escena con el vecino masajeando mi espalda desnuda. Pronto me dijo que me quitara el pantalón, así fue, aquello me empezaba a gustar de verdad, deseaba que sus mano volvieran a tocar mi piel rápidamente, cuando me desvestí de cintura para abajo, les dejé ver mi torso desnudo y a Marc se le ocurrió recorrerme con un dedo, aumentando así mi deseo, casi sin tocar mi piel, empezó por el abdomen, subió delicadamente al pecho, rodeándolos y terminando en la puntita de los pezones erectos, siguió al cuello y haciendo uso de sus maravillosas manos, me volvió a tumar en sofá para seguir con su sinuoso masaje.

 

Miré hacia el rinconcito para encontrar la mirada de Marcos pero no estaba, pensé que estaría rellenando su copa y seguí concentrada en el vaivén de las manos que tocaban y tocaban.
El vecinito parecía tener varias manos, lo sentía al mismo tiempo sobre mis piernas, caderas, espalda, cada vez se hacía más delicioso. Así fue frotando una y otra vez, desde mis pies desnudos al cuello, y en cada viajito descubría partes inexploradas con su dedos. Cada vez profundizaba más en los cojines del sofá, llegando a mi barriga y algo más que mi costado, pues ahora cogía gran parte de mis pechos terminando, como no, con la puntita de sus dedos en las puntitas de mis pezones. Observaba mis reacciones y en cada pase exploraba un poquito más, lentamente fue separando mis piernas, deseaba que sus manos rozaran mi clítoris, cerré mis ojos y me dejé llevar por la situación, sus manos empezaron a masajera el interior de mis piernas hasta que por fin empezaron a descubrir mi sexo húmedo por debajo del tanga que aún me quedaba. Mis respiraciones se tornaron a gemidos cuando llevo una de mis piernas hacia delante, juntando rodilla y codo, entonces con una total visión empezó a masturbarme con conciencia, metiendo algunos de sus dedos en mi vagina. Yo estaba en el limbo de los deseos entregada a sus quehaceres. Con una mano me penetraba el trasero y la vagina, con la otra me daba pequeños toquecitos en el clítoris duro que ardía de pasión. Sentía que me venían los espasmos que anunciaban una violenta explosión y me agarré al apoyabrazos, abrí los ojos y allí estaba Marcos disfrutando extasiado y grabando la escena. Cabrón!! le dije, amorcito mío... Y cerré los ojos ante el inminente orgasmo que recorría, como lo había hecho mi querido vecino, todo mi cuerpo tan solo un par de minutos antes.

Nunca había gozado de esa manera y así se lo hice saber a Marcos cuando Marc se marchó. Me quedé echada en el sofá y dormí una larguísima siesta de sábado sabadete por la tarde. Me desperto Marcos con un cafelito e invitándome a una reparadora ducha. Después de una hora bajo los reconfortantes chorritos salí espléndida. Espléndida en cuanto a como me sentía, y espléndida envuelta en una mini toalla blanca, sabiendo que Marcos me esperaba en nuestro dormitorio, y hasta allí me acerqué. Entré y ¡SORPRESA!! JIJIJIJIJ... allí estaba Marcos, completamente desnudo en un lateral de la cama, acompañado de Marc también desnudo, al otro lado de la cama, bufffff... empezaba a subir la temperatura en la habitación... Ven aquí Lola, me dijo mi chico, ahora compartiremos fiesta... -qué locos, les dije- sin saber qué más decir. Me subí a la cama desde la parte trasera, y ello tomaron posiciones. Mientras me ayudaban a quitar mi mini toalla, Marcos acarició mis piernas y besó mis nalgas. Siguió con lametones en mis piernas y entrepiernas, acercándose estratégicamente con su lengua a su vicio... mi chochito, ummmmmm... me quedé de frente al vecino, y sin duda, éste sabía que era lo que vendría. Levantó su erecta polla para primero golpearla en mis tetas y luego dejármela en las manos para mi uso y disfrute, rápidamente mi boca empezó a recorrerla. Tenía ante mí el miembro más grande que jamás había visto, gruesa, larga y dura, erecta con solo un roce de mis labios. Pensando que aquello tan grande sería imposible que entrara en mi sexo, la comencé a mamar con avidez, mi chico no llegaba a ver la escena, estaba metido bajo mis piernas dándome placer, mientras sin yo saberlo dos cámaras grababan la escena. Así estuvimos un buen rato. Entonces Marc me giró, contuve el aliente pensando que iba directo a penetrarme, pero me tomó de las caderas y relevó a Marcos en su tarea... ummmm!!! cómo me gustó!!!

Ahora le tocaba a Marcos disfrutar de mi boquita, le mamé hasta notarlo duro, le pedí que me la metiera, así retrasaría el momento de probar el demoledor miembro de Marc. Así fue, en breve sentí como me penetró con todas sus ganas y las mias... era la primera polla que recibía ese calenturiento sábado. Mi lindo vecinito empezó a jugar con mis tetas, me recorrió con su verga el torso hasta metermela en la boca, lo masturbé pensando en acabarlo, pero lo que logré es que se le pusiera enorme y durísima. Mi chico me la saco, disfrutándo como loca. Se movió hasta el otro lado de la cama cruzándose con Marc, entonces ví lo que se avecinaba. Sentí aquel pollón rozar mi clítoris. Cariñosamente Marc acarició mi espalda, cintura, caderas y me balanceó hacia atrás y adelante, jugando y a la vez abriendo mi cuevecita, me dejé llevar y me fui apoyando cada vez más fuerte en su polla para hacerla entrar, ahora la quería dentro, no podía resistirme. Y así fue, me la metí hasta donde me dio el placer aquello tan duro y enorme... no quería que terminara, y se lo hice saber a ambos, que no me la sacaran, que quería seguir con aquello dentro, gozando y gozando, convirtiéndome en una cachonda degenerada, acabando y pidiendo más y más. Es evidente que aquella tarde estaba influyendo para enloquecer sexualmente. A la vez que Marc seguía sus embestidas, le pedía a mi marido que me abriera el trasero, lo hizo con bastante facilidad, como pocas veces lo había logrado. Eso era exactamente lo que yo esperaba, me gustaba. Ambos entraban y salían con fuerza, -que no acabe esto- volvía a repetirles, pero el cansancio terminó por despertarnos de aquella fantasía hecha realidad.

Después de un buen descanso y duchita, nos fuimos los tres al salón a reponer fuerzas. Después de haber terminado con el tentempié y tomado unas copitas de vino, con una pierna sobre el sillón y la otra extendida en el aire, me dejé follar por ese gran miembro, suavemente, dejandolo entrar y salir, que tenía la virtud de hacerme correr a cada ratito... aunque al final ya no me quedaban gotitas.
Fue la primera vez en mi vida que tuve que decir -ya está bien por hoy-. Me habían calentado y penetrado como nunca.
Nunca pude olvidar ese sábado. Este regalo nos hizo pasar de tener una sexualidad formal a una sexualidad feliz...

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